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Thursday, March 17, 2016

La filosofia de la educación en Cuba (de regreso)


M.Sc. Olga L. Miranda Hernández
Investigadora Agregada
Instituto de Filosofía de Cuba




“…Cuando la crisis contemporánea del mundo genera la disolución y mucha gente deja de creer, la Educación levanta la voz para proclamar la permanencia de unos cuantos valores. Fue así en todas las épocas de desintegración. Nunca se desintegra toda la cultura. Como por un instinto singular, lo necesario resiste y perdura aunque parezca que el turbión lo convierte todo en tinieblas…” [1]
Medardo Vitier



La filosofía de la educación, como disciplina teórica o como rama del conocimiento que enlaza a la filosofía y la pedagogía, ha estado desatendida en Cuba durante las últimas cuatro décadas. Sí bien la filosofía marxista-leninista y sus principios han constituido hasta ahora el fundamento teórico y metodológico de la pedagogía socialista, no es menos cierto que han resultado demasiado abstractos y generales, al no haberse imbricado adecuadamente a la tradición nacional en el terreno del pensamiento filosófico y educacional y tampoco a problemas más particulares y específicos de la ciencia y la práctica pedagógica cubanas.
Sin embargo, en épocas anteriores, específicamente en la primera mitad de este siglo, existió en el país un movimiento del pensamiento que otorgaba gran valor a la filosofía de la educación. La restauración de la filosofía como fundamento teórico y crítico más general de toda la actividad educativa, y como condición de una pedagogía verdaderamente científica, constituía el interés de muchos pedagogos cubanos de la época. La inconformidad con los métodos y prácticas educativas anteriores y el deseo de reformar todo el sistema de enseñanza llevó a los pedagogos de esta época a estudiar minuciosamente, y a la luz de los conocimientos más avanzados de su tiempo, los importantes problemas de la formación del hombre. Esta labor cristalizó en un grupo de obras que contienen las más acabadas elaboraciones teóricas que se realizaron en aquel momento sobre cuestiones generales de la educación y la pedagogía como ciencia.
Entre otras muchas se publicaron las obras “Filosofía y nuevas orientaciones de la educación” (1932), del destacado pedagogo cubano Alfredo M. Aguayo (1866-1948); “Introducción a la filosofía de la educación” y “Filosofía de la educación” (1947), de otro importante pedagogo, Diego González. Estos libros constituyeron los textos fundamentales para los estudiantes de esa asignatura en la Universidad de la Habana y otros centros superiores del país. También por esos años se publicaron una serie de artículos de gran profundidad y agudeza teórica, como son los titulados “Notas sobre la formación humana” (1948) y “Fines de la educación” (1952), del filósofo y ensayista Medardo Vitier (1886-1960).
Los textos antes mencionados se inscriben justamente en esa tradición, como hitos del pensamiento cubano en el campo de la filosofía y la pedagogía, ya que contribuyeron de manera sustancial a la conformación histórica de algunos importantes paradigmas de nuestra cultura. Dichas obras aportaron, en su momento, un alto nivel de elaboración conceptual y metodológica sobre el modelo de hombre a formar, sobre el ideal de la educación y sus fines, sobre el modelo de la escuela y el modelo de maestro. Es decir, representan un capítulo significativo en el desarrollo de un ideal cubano sobre los valores de la educación.
La filosofía de la educación en Cuba debe su nacimiento precisamente a la creación de estos importantes trabajos, pues es con ellos que por primera vez se habla en nuestro país de la necesidad de establecer un ámbito de reflexión específico, como parte de la filosofía, que se ocupe de definir todo un sistema teórico conceptual que organice los datos dispersos que había ido acumulando la pedagogía experimental.
La obra de Aguayo, “padre de la pedagogía científica”, con su sugerente título “Filosofía y nuevas orientaciones de la educación”, inauguró una nueva etapa en el desarrollo de la pedagogía cubana, que se va a caracterizar por una insistente preocupación por los problemas teóricos, por establecer fuertes nexos con la filosofía y por el desarrollo de otras disciplinas afines, como la psicología de la educación y la sociología de la educación.
Ahora bien, el estrecho y particular vínculo que entre filosofía y pedagogía empieza a producirse en las primeras décadas del siglo XX, no es un hecho casual ni el simple reflejo de importantes movimientos filosóficos-pedagógicos foráneos dominantes en la época, sino es el resultado de una tradición que se venia desplegando desde mucho antes. A destacar algunos momentos importantes de sus orígenes, dedicamos este trabajo.
La relación indisoluble entre filosofía y educación constituye prácticamente un rasgo distintivo de la cultura cubana, cuyas raíces se afirman en el siglo XIX. Esta particularidad de nuestro pensamiento ha sido notada por algunos estudiosos. El pensador cubano Antonio Bachiller y Morales en sus “Apuntes para la historia de las Letras y la Instrucción Pública en Cuba”(1855), califica el tratado de filosofía ecléctica del Doctor Caballero como “el primer paso de la filosofía docente en Cuba”
Medardo Vitier, cuando enjuicia a una de las figuras más importantes del siglo XIX cubano en el terreno filosófico, José de la Luz y Caballero, afirma: “La vocación filosófica de Luz y Caballero cede únicamente a la pedagógica. Y a eso hay que atribuir la forma desordenada, ocasional, en que fijó doctrinas (…), dedicó lo mejor de su existencia al colegio que fundó en 1848. Nunca se puso a escribir un texto filosófico de contenido y plan armónico”. [2]
No sólo en José de la Luz y Caballero se da esta enriquecedora dualidad, como también se ha señalado “es característico que los pensadores criollos de avanzada como Caballero, Varela, de la Luz, Mestre, y más tarde Varona y Martí fueron también pedagogos”, que se “pronunciaron siempre por el desarrollo de la educación popular”, “enterraron el método escolástico de enseñanza basado en la memorización mecánica de los textos, introdujeron en la práctica pedagógica el método explicativo, así como utilizaron el pensamiento creador de los propios estudiantes y cultivaron el estudio de las ciencias naturales.” [3]
Otro ejemplo muy ilustrativo de esta peculiar interrelación entre filosofía y educación nos lo ofrece uno de los hechos ideológicos más importantes del siglo XIX: la polémica filosófica entre José de la Luz y Caballero y los González del Valle y otros intelectuales de la época. Dicha disputa surgió precisamente a partir de discrepancias en torno a cuál debía ser el mejor método para la enseñanza y que ciencias debían ser el mejor método para la enseñanza y qué ciencias debían inaugurar el programa de estudios.
En sentido general, en todo el transcurso del siglo XIX y desde fines del XVIII concurren una serie de condiciones históricas que tienden a convertir a la filosofía y la pedagogía en saberes afines. En un primer momento no existía deslinde entre ellas. Hacia 1728, año en que se funda la Universidad de La Habana, “las ciencias estaban englobadas en la filosofía y aún en la teología. Fuera de la medicina y la matemática no figuraban materias científicas en el programa universitario”. [4]
Por otra parte, el dominio absoluto que tenía la Iglesia Católica sobre el sistema de enseñanza, con el dogma escolástico como única filosofía, provoca la necesaria coincidencia entre reformas educativas, las que comienzan a producirse desde fines del siglo XVIII e inicios del XIX, “época en que la nacionalidad empieza a plasmarse y a cobrar perfiles coincidiendo con las primeras direcciones fuertes de la mentalidad cubana”. [5]
Factores decisivos en este proceso fueron la creación del colegio de San Carlos y San Ambrosio (1773), la Sociedad Patriótica Amigos del País (1793) y la publicación del Papel Periódico de La Habana (1790). Estas instituciones, nacidas bajo el influjo del espíritu renovador y liberal de la Ilustración, tenían entre sus fines procurar el progreso de la ciencia, la filosofía, la educación, la economía y la cultura, y se convirtieron en su decursar en abanderadas de importantes reformas ideológicas que perfilaron el panorama espiritual del siglo XIX. El siglo XIX cubano es de una hechura espiritual compleja. Como ha señalado Medardo Vitier, “es de una densidad y de una articulación nada comunes, así en lo político como en filosofía, así en educación como crítica literaria. Hay en el vasto ideario de nuestro siglo pasado, una honda vinculación con los temas fundamentales que maduró la cultura europea, de Platón a Hegel y a Spencer, en un meditar y aplicar de 24 siglos. Apenas hay dirección del pensamiento que no encuentre representación en Cuba”. [6]
Dentro de toda esta variedad de influencias y articulaciones, podemos apreciar que lo más avanzado y representativo del pensamiento nacional de este siglo eligió, sobre todo, aquellas concepciones que más se ajustaban a las necesidades del desarrollo del país en aquel momento, que en lo económico, ideológico, cultural y político se orientaban hacia la independencia de Cuba, la eliminación de todas las trabas del colonialismo y la defensa de la conciencia nacional, la cubanía y el patriotismo. El pensamiento filosófico criollo más representativo del naciente sentimiento nacional revolucionario se sumó a la tendencia científico-natural y materialista de la época, que afirmaba el poder del conocimiento sensorial, la observación y el experimento como métodos de estudio de los fenómenos y prefería la razón antes de la fe, Descartes, Bacon, Locke y Condillac fueron los principales inspiradores de los ilustrados cubanos.
El movimiento de los ideólogos franceses, iniciado por Detustt de Tracy, que estudiaba el origen social y objetivo de las ideas y su naturaleza revolucionaria como conciencia del sujeto de la realidad social en que vive, tiene también fuerte repercusión en el pensamiento cubano. La “vocación científica”, materialista y revolucionaria del pensamiento filosófico cubano en esta primera mitad del siglo XIX se refuerza y retroalimenta con la asimilación de concepciones pedagógicas europeas de corte naturalista y renovador que se acentúan en Rousseau y se concretan ya con Pestalozzi y sus discípulos Herbart y Froebel, en una teoría educativa de contenido propio, con base en una ética y una psicología sensualistas. La teoría de Herbart se considera el primer sistema educativo y partió de un estudio profundo del proceso psicológico del conocimiento.
Estas concepciones, aunque a veces con un tono romántico, reafirmaban la fe en el poder de la educación y priorizaban la necesidad del estudio del niño, su psiquis y los primeros niveles de enseñanza. La psicología y la pedagogía iniciaban así el proceso de separación como ciencias independientes. Se abría la polémica sobre el papel del interés y del esfuerzo en la educación. Se le concedía valor educativo al trabajo, al ejercicio físico y al juego, y se trataba de unir escuela, naturaleza y vida.
En los intelectuales cubanos estas ideas tuvieron especial impacto. Desde de comienzos del siglo XIX , uno de los maestros de Félix Varela, Juan Bernando O’ Gavan, trasmitía en sus enseñanzas la pedagogía avanzada de Pestalozzi. Pero quien realizó la aplicación más amplia, profunda y creadora de estas nuevas concepciones, quien más captó el nuevo espíritu científico de la pedagogía de la época, fue José de la Luz y Caballero (1800-1862). Prueba de ello es que en época tan temprana como el año 1832, afirmaba que la pedagogía era “un ramo tan experimental del conocimiento como la física o la química” [7], y algún tiempo después, al redactar el programa de creación del instituto cubano, se refirió a la pedagogía como “ciencia de la educación”, anticipándose no sólo a su tiempo y a su medio, sino incluso a la evolución que un marco universal seguía la “ciencia de la educación” en su proceso de desarrollo independiente.
Como se ha demostrado, Luz rebasa las concepciones estrechas de J.P. Herbart (1776-1841), al considerar la educación como un proceso mucho más amplio que la mera instrucción. Para Luz la educación influye no sólo en la impartición de conocimientos, sino también en la formación de capacidades, el desarrollo de intereses cognoscitivos y la preparación para la futura actividad laboral, a la que contribuyen la familia y la vida cultural de la sociedad. Las ideas de Luz sobre la educación no eran simples teorías, constituyeron los pilares de las reformas de la enseñanza que propuso y realizó en el colegio que dirigió. Los objetivos de esta reforma eran: adecuar el contenido de la enseñanza a las necesidades del país, proporcionar a la enseñanza un carácter práctico, elevar la calidad de los maestros.
Para lograr estos objetivos, Luz empezó por oponerse al método Bell-Lancaster que imperaba en las escuelas cubanas. Consideraba que ese método no atendía a la educación del carácter y el niño no recibía la influencia del maestro. Luz propone sustituirlo por el método explicativo, la observación y el experimento. Su método era de corte baconiano: se parte de los hechos a las consecuencias, a través de la inducción. La ciencias naturales debían presidir la enseñanza y no la lógica y metafísica como era propio de la escolástica.
Lo fundamental para Luz no sólo era el plan de estudios, sino la forma en que éste se vinculaba con los métodos de enseñanza. El desarrollo de la actividad investigativa desde la más temprana edad, el rechazo al uso exagerado de la memoria y la aplicación del pensamiento independiente era principios básicos en su reforma.
Todas estas concepciones pedagógicas profundamente renovadoras y modernas para la época, tenían su apoyo en una filosofía de filiación empírico - racionalista que se había ido formado en Luz a partir de la influencia principal de Bacon y Descartes. Con ello se reafirma su condición de “filósofo educador”. Pero no sólo tuvo luz una formación filosófica general que lo condujo a su vez a una concepción de la pedagogía y de la práctica educativa, fue además defensor de una educación orientada por fines y valores y por un método, que sólo podría ofrecerlos una teoría filosófica; e incluso llegó a plantear la necesidad de que al maestro se le dotara de una “Filosofía de la enseñanza”.
El carácter filosófico de la enseñanza serían para la Luz la garantía de la formación en el maestro de un sentido ético de su profesión y también de una concepción del mundo, y lo más importante para él un método general educativo. A estos aspectos el los llamaría fines de la educación. La formación filosófica del maestro le aportaría a este, según afirma Luz, el don del pensamiento crítico y reflexión; principios básicos para ejercer su profesión de manera creadora, innovadora y consciente.
En 1833 cuando Luz se refiere a las funciones de la Sección Educación de la escuela náutica expresa: “…Háganse respetables, y serán respetados los maestros. Para alcanzar estos fines primordiales se hace indispensable dar a los alumnos de maestro nociones exactas de la filisófia de la enseñanza, del modo de dirigir la mente de los niños, del de transmitir los conocimientos, de arreglo material de todo lo relativo a la escuela, de los avíos y utensilios (…) y hasta de los ardides a que es necesario recurrir para fijar la atención y aprovechar el tiempo; en una palabra, es forzoso amaestrarlos en cuanto pertenece a la teoría y práctica de la educación moral, a la dirección del entendimiento y la enseñanza del método; o como se dice técnicamente en Alemania, adoctrinarlos en la Pedagogía, la Didáctica y el Método”. [8]. En otra parte de este texto afirma: “En suma queremos maestros hábiles y teóricos profundos, antes que eruditos indigestos y prácticos superficiales. No sabe más el que repite más de lo ajeno, sino el que dice o hace más de lo suyo”. [9]
La tendencia científico - naturalista y de rechazo a la escolástica que domina la primera mitad del siglo XIX cubano se reafirma aún en la segunda mitad con el auge del positivismo, que trajo aparejado importantes progresos sociales de orden práctico y un renovado interés por el estudio de las ciencias y las bases científicas del conocimiento.
La aguda polémica que se produjo en Cuba alrededor de la obra de Charles Darwin “ El origen de las especies”(1859) es un buen ejemplo del fuerte espíritu científico de la segunda mitad del siglo. El Liceo Artístico y Literario de Guanabacoa, el Ateneo de La Habana, la Revista de Cuba, y sobre todo la Sociedad Antropológica (que existió de 1877 a 1891) fueron las principales tribunas del darvinismo, desde donde se debatieran diferentes asuntos vitales de la sociedad cubana de entonces, entre ellos los raciales, políticos, educativos y religiosos. El descubrimiento del origen natural del hombre, aunque sirvió de argumento a intereses clasistas diferentes, puso en crisis las tendencias creacionistas, clericales o teológicas y al neotomismo que se había oficializado en Cuba en 1879. En la defensa de las posiciones materialistas que se derivaban de este descubrimiento, se destacaron las figuras de Enrique J. Varona, Luis Montané, Antonio Mestre y Ernesto Borrego.
El darwinismo inauguró toda una época de biologismo en el terreno científico, que dejaría profundas huellas en la psicología, la sociología y la pedagogía posteriores. Una de las consecuencias valederas del positivismo fue la elevación definitiva de la pedagogía al rango de ciencia, de conocimiento experimental comprobable y medible objetivamente.
La filosofía y las ciencias del espíritu, la tradición humanista en general, no corrieron la misma suerte; ante la avalancha del dato, el experimento y la técnica, fueron marginadas. La física, la química y la biología llevaban la voz cantante y trataban de imponer sus métodos y leyes a todas las áreas del conocimiento.
La obra de Enrique José Varona representó la mejor y más acabada expresión del positivismo pedagógico cubano. Sin embargo, ni en los momentos de más auge del positivismo y el cienticifismo en general, el pensamiento cubano abandonó la tradición humanista. Las necesidades de una práctica liberadora e independentista y la vena eticista hispánica que nos aportara la cultura de la metrópoli, condicionaron que la dirección científica confluyera con la humanista, hasta alcanzar un alto grado de integración en los pensadores más avanzados y lúcidos.
En la obra del más alto exponente del pensamiento cubano del siglo XIX, José Martí (1853-1895), síntesis acabada y particular de lo mejor de la cultura universal y nacional de su tiempo, se encuentran, aunque en juicios dispersos, las soluciones más maduras y transcendentes a una de las contradicciones ideológicas fundamentales de fines de ese siglo e inicios del XX: cienticifismo vs humanismo.
No hay dudas de que Martí estuvo al tanto de las transformaciones que en el plano teórico y práctico se producían en la educación y la escuela, y más aún, supo ver con ojo crítico lo positivo y lo negativo que traían los nuevos aires cienticifistas, positivistas y pragmáticos de fines de su siglo. En un artículo publicado en el periódico La América, de Nueva York, en 1873, y que se titula “ Educación Científica”, el ilustre cubano escribe: “De todas partes se eleva un clamor, no bien definido acaso, ni reducido a proposiciones concretas, pero ya alto, importante y unánime; de todas partes se pide urgentemente la educación científica (…) los hombres se han agrupado en dos campos, por un lado los acomodados y tranquilos, seguros de goces nobles y plácidos, que les dan derecho a amar fervientemente el griego y el latín (…); en el otro los que quieren libertar a los suyos de los azares de venir a trabajar en los talleres del siglo XIX con los útiles rudimentarios e imperfectos del siglo XVI.” [10]
Es evidente que José Martí capta la euforia cienticifista del momento y se afilia entre los que defienden la enseñanza científica , natural, no libresca, práctica, creativa, pública y organizada sobre la base de las nuevas técnicas y oficios de la industria naciente. Esta era en su criterio la educación que más necesitaban los pueblos de América: “ Al nuevo Mundo corresponde la Universidad Nueva”, [11] afirmaba. El apóstol cubano también aclara, aunque con menos énfasis en este texto, que esta nueva educación debe darse “ sin merma de los elementos espirituales”. En efecto, para Martí esa nueva educación no tenia porqué negar la formación humanista, pero entendiendo por lo humano algo bien diferente al humanismo clásico tradicional sobrecargado de teología, metafísica y literatura.
Para José Martí, la nueva concepción del papel de la ciencia dentro de la sociedad y de la enseñanza en particular, encierra un nuevo humanismo. “Las escuelas de artes y oficios –señala ayudan a resolver el problema humano, que se establece ahora con datos nuevos, desde que van faltando aquellos árboles antiguos, monarquía e Iglesia, bajo cuyas ramas tenían cómoda vida tantos hombres”. [12] “La felicidad general de un pueblo descansa en la independencia individual de sus habitantes, y esta independencia la obtienen los hombres cuando estudian conocimientos prácticos, útiles, que pueden asegurar a los que los poseen por ser constante el consumo de lo que producen una existencia holgada.” [13] El conocimiento de un oficio, de un arte, según Martí, garantizaba al hombre independencia personal y dignidad pública, “ventajas físicas, mentales y morales, vienen del trabajo manual, el ocio corrompe y envilece, depaupera, con el trabajo el hombre crece.” [14]
Como vemos, dentro del entusiasmo martiano por las ciencias, por la educación pragmática y positivista, bulle una preocupación esencial: la educación debe ayudar a que se realice lo mejor del hombre, sus cualidades morales. Pero va mucho más allá Martí cuando escribe, en ese ensayo subyugante por lo apasionado, vibrante y profundo de su estilo que es el “Prólogo al poema del Niágara”: “Ni la originalidad literaria cabe, ni la libertad política subsiste mientras no se asegure la libertad espiritual. El primer trabajo del hombre es reconquistarse. Urge devolver los hombres a sí mismos; urge sacarlos del mal gobierno de la convención que sofoca o envenena sus sentimientos, acelera el despertar de sus sentidos, y recarga su inteli-gencia con un caudal pernicioso, ajeno, frío y falso. Sólo lo directo es poderoso.” [15]
Estas ideas de Martí, de marcado aliento naturalista rousseauniano, nos demuestran una vez más que la avalancha positivista no logró desplazar completamente los ideales humanistas. Pero este humanismo arraigó en nuestro suelo con la añadidura de componentes muy singulares; no se instituyó como un humanismo espiritualista puro, abstracto, ni individualista y aislado de la sociedad. Se manifestó ante todo como un patriotismo práctico que respondía a las ansias libertarias de los cubanos, a las necesidades de una conciencia nacional en ascenso y radicalizada, sobre todo después del fin de la Guerra de los Diez Años, y en los momentos en que se preparaba la última y definitiva guerra por la independencia de Cuba de la metrópoli española.
Una de las expresiones más elocuentes del genio martiano para captar las esencias más hondas de su tiempo latinoamericano, aparece en su texto “Respeto a Nuestra América”, cuando afirma: “…nuestra América de hoy, heroica y trabajadora a la vez, franca y vigilante, va con Bolívar de un brazo y Herbet Spencer de otro”. [16] Con estos dos símbolos nos da Martí las claves de la época: libertad y ciencia. Estas son, señala con optimismo, “las llaves maestras que han abierto las puertas por donde entran los hombres a torrentes, enamorados del mundo venidero”. [17]
El vínculo imprescindible entre ciencia y libertad para José Martí era la educación. Pero una educación nueva, que no sea “mera instrucción” o “morosa enseñanza de modo de leer y escribir”, [18] sino “una educación que ponga rieles a esta máquina encendida y humeante que ya viene rugiendo por la selva, como que trae en sus entrañas los dolores reales e innecesarios de millones de hombres”. [19]
Abarcador y amplio, múltiple y totalizador, es el concepto de educación de Martí. A su mirada no escapa ningún ángulo del problema, ni el económico, ni el científico, ni el social ni el humano; pero sobre todo, en su ideario destaca el valor político de la educación; es a través de ella que se capacitarán los pueblos latinoamericanos para ejercer un gobierno inteligente sobre sus destinos, alcanzar la prosperidad y alejarse de la violencia y el caudillismo.
No podía el pensamiento cubano de siglo XIX haber arribado a un paradigma de educación más completo y progresista. El siglo XX contaba entonces con una herencia ideológica genuina, de fuerte proyección revolucionaria, independentista, científica y humanista, para crear un nuevo hombre y transformar la sociedad cubana.
Notas
[1]. Vitier, Medardo : Valoraciones, Universidad Central de Las Villas. Departamento de relaciones culturales, 1960, Tomo I, pag. 187.
[2]. Vitier, Medardo : Las Ideas y la Filosofía en Cuba, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1970, pag. 210
[3]. Ternovoi, O.C. : La Filosofía en Cuba (1970-1878), Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1981, pag. 32.
[4]. Vitier, Medardo : Las Ideas y la Filosofía en Cuba, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1970, pag. 27.
[5]. Vitier, Medardo : Ibídem, Pag.12.
[6]. Vitier, Medardo : Ibídem, Pag.37.
[7]. Cartaya, Perla : José de la Luz y Caballero y la Pedagogía de su Época, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1989. pag. 41-43
[8]. de la Luz, José : Informe sobre la Escuela Náutica, Escritos Educativos, Editorial Pueblo y Educación, 1991, Pag. 194
[9]. de la Luz, José : Ibídem, Pag. 196
[10]. Martí, José : Educación Científica, La América, Nueva York, 1883, Obras Completas, Tomo 8, Editorial de Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1965, pag. 277-279
[11]. Martí, José : Ibídem
[12]. Martí, José : Ibídem.
[13]. Martí, José : Ibídem.
[14]. Martí, José : Ibídem
[15]. Martí, José : Ibídem.
[16]. Martí, José : Prólogo al poema del Niágara, 1882, Obras Completas, Tomo 7 Editorial de Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1965, pag. 24.
[17]. Martí, José : Respecto a nuestra América, 1884, Obras Completas, Tomo 6 Editorial del consejo Nacional de cultura, La Habana, 1965, pag. 24.
[18]. Martí, José : Ibídem.
[19]. Martí, José : Prólogo a Cuentos de Hoy de Mañana de Rafael de Castro Palomino, 1883, Obras Completas, Tomo 5, Editorial del CNC, La Habana, 1965, pag. 102.








Saturday, February 27, 2016

"Niebla" y el existencialismo de Miguel de Unamuno.





Niebla y el existencialismo de Miguel de Unamuno
por Olga Miranda

No basta pensar, hay que sentir nuestro destino
Miguel de Unamuno (1912)
La vida y la obra de Miguel de Unamuno (1864-1936) se enmarcan en una de las épocas más convulsas de la historia de Europa y de España en particular. Después del derrumbe del imperio colonial ibérico, con la independencia de las últimas colonias sura americanas en 1898 la nación entra en un período de declive material y moral hasta el fin de la Guerra Civil. Por una parte, estos fueron años de huelgas obreras, golpes de estado, intervención de los militares en la vida civil y protestas estudiantiles. Por otro lado, fue un período fructífero para el arte y la literatura. Surge el concepto de “intelectual” y los miembros de este grupo social se unen para diseñar, entre todos, una España mejor y tratan de encauzar a la sociedad de acuerdo al ideal que iban elaborando. Otro aspecto positivo fue que surgieron numerosas publicaciones culturales y órganos de prensa que contribuyeron a divulgar las nuevas ideas sobre la sociedad, la filosofía, el arte y la literatura. Sin embargo, a medida que avanza el siglo merman las esperanzas de cambio y la fe en el progreso y en la ciencia. La civilización occidental se percibe como decadente e incapaz de aportar un modelo social justo y humanista. La Primera Guerra Mundial, la inestabilidad política de España y la llegada al poder del dictador Primo de Rivera en 1923 provoca que muchos intelectuales tengan que abandonar el país huyendo de la represión y se consuman en el desaliento. La filosofías racionalistas y cientificistas dominantes en el siglo XIX ya no daban respuestas a los nuevos descubrimientos científicos y no podían explicar la complejidad de la mente humana ni la subjetividad del conocimiento. Las teorías psicoanalíticas de Freud y Jung cuestionaban la idea de la razón como base objetiva del conocimiento pues los fenómenos del inconsciente hacen volver la mirada al abismo insondable de la voluble alma humana dependiente de los instintos y el deseo. Además, las filosofías existencialistas, -dígase las ideas de S. Kierkegaard, A. Schopenhauer y F. Nietzsche-, aportaban una cosmovisión diferente y ponían en boga nuevos temas y conceptos para explicar la vida humana y su destino. Tal es el caso de la angustia del hombre moderno acosado por el drama existencial que provoca el miedo a la muerte y a la soledad, la desesperación ante la conciencia del paso del tiempo y la incertidumbre ante la imposibilidad de conocer la verdad objetiva, la conciencia moral y su conflicto con los sentimientos humanos y las pasiones que son los que dominan al hombre, y no la razón. La voluntad de tener un Dios y la fe religiosa como una necesidad humana de creer en la trascendencia y en la inmortalidad para dar sentido a su vida es otro tema que también cobran vigencia.

Los escritores españoles de la llamada Generación del 98 reflejan todo este ambiente ideológico y espiritual y muchos de ellos son presa del desaliento y del nihilismo que marcan el ambiente intelectual durante la primera mitad del siglo XX. El bilbaense Miguel de Unamuno fue uno de los escritores más representativos de esta tendencia existencialista en la literatura.
En uno de sus más emblemáticos y reflexivos ensayos, Del sentido trágico de la vida (1912), Miguel de Unamuno escribió: “Y el más trágico problema de la filosofía es el de conciliar las necesidades intelectuales con las necesidades afectivas y con las volitivas”(1912). El tema central de la filosofía unamuniana, que se refleja claramente en su literatura, es la agonía de de la vida humana debido a la contradicción entre existencia y conocimiento, entre voluntad y razón, entre lo sensorial y lo racional. Es decir, el ser humano, como ser racional, es consciente de la muerte y trata de dar un sentido a su vida, pero como ser sensorial sufre, experimenta el miedo, el dolor y a la soledad. Esto lo lleva a buscar alivio en la fe en la inmortalidad y a tratar de dar una finalidad a su vida. En esto consiste, para Unamuno, el sentido trágico de la vida humana, que se expresa además en el eterno dilema teológico del valor de la fe y la razón; y también en la actitud metafísica ante la supremacía de lo espiritual o de lo racional.  

Su novela Niebla (1914), —la cual, por cierto, ha sido considerada como una de las 100 mejores obras literarias hispánicas, producidas en el siglo XX—, es un buen ejemplo de este sentimiento trágico de la vida, concepto que, como ya hemos dicho, domina la filosofía existencialista del pensador peninsular. Ello está presente en el tono angustioso que caracteriza toda la literatura de Unamuno en tanto a sus temas y a la psicología de los personajes. Augusto Pérez, el personaje principal de Niebla, es un hombre inseguro que vive atormentado por dilemas existenciales cotidianos y también metafísico, esto lo manifiesta en sus constantes cuestionamientos hacia todo lo que le rodea, pero más que nada hacia su propia existencia como individuo. Él no sabe siquiera sí en realidad existe. La estructura narrativa de esta obra es lineal y el tiempo es cronológico, aunque hacia el final ocurre una especie de ruptura cuando Augusto se entrevista con el autor, momento en el que se rompen los límites entre ficción y realidad.  Lo cual es un rasgo del estilo narrativo de Unamuno y que algunos consideran característico de la novela postmoderna. En este sentido, queda claro que el escritor trata de quebrar los viejos patrones de creación estética impuestos por los géneros realista y naturalista prevalecientes en la literatura europea de la segunda mitad del siglo XIX.  Por ejemplo, uno de los personajes de la historia, Victor Goti, quién encarna al autor y es amigo de Augusto Pérez, afirma que en uno de sus diálogos que va a escribir una novela diferente a todas las escritas antes, y por eso le va a llamar "nivola", este recurso narrativo usado por Unamuno, conocido como "metaficción", deja clara su intención de subvertir viejos patrones estéticos. Además, hacia el final de la historia parece que el autor se convierte en un personaje de su propio relato y el personaje ficticio se convierte en "real". Esto es un rejuego estilístico de la trama que invita a pensar en el poder del arte y de la literatura para crear universos “reales” y también en el hecho de que la vida misma es como una novela en la que los personajes somos nosotros mismos y por ello estamos sujetos a los avatares creados por el guionista de nuestra historia, que nunca sabremos bien quién es.  

El escenario de la historia de Niebla es un pueblo o una ciudad pequeña. El lenguaje narrativo está basado en el diálogo y en los soliloquios de Augusto Pérez, su protagonista. Este es un hombre joven, pero se comporta como si fuera ya mayor. Es rico, vive solo con dos criados y extraña a la madre que murió recientemente. Él está lleno de dudas, su vida es angustiosa y su actitud es la mayoría de las veces pesimista. En general, su sicología es compleja ya que se mueve dentro de la introspección y con tendencia a la depresión, a la contemplación y a tener sentimientos de soledad. Augusto es también un poco quijotesco, pues tiene un estilo retórico y grandilocuente de hablar y vive un poco en el pasado atado a una relación muy dependiente que tuvo con la madre. Su personalidad presenta un perfil bastante coherente si se tiene en cuenta que es un burgués que no trabaja ni hace nada, tiene una vida vacía y sin sentido, por lo tanto tiene tiempo para la especulación y el constante cuestionamiento metafísico. El amor es lo único que parece sacarlo de su vacío y darle sentido a su vida. La voluntad de amar y de realizar el deseo de entregar sus sentimientos a una mujer parecen salvarlo de la soledad, pero la compleja madeja de las circunstancias enturbia sus propósitos. Su voluntad, sus deseos y su verdad no son suficientes, necesita de la voluntad y de la verdad de los otros.


Niebla es, en cierto sentido, una alegoría sobre al drama de la vida individual humana  y del azar como “el íntimo ritmo del mundo”, muestra a un ser humano que vive en la incertidumbre y el agobio. Cada capítulo es casi una reflexión sobre algún tema filosófico: el amor, la ambigüedad y el absurdo de la vida, la conciencia de la muerte, la voluntad y el dolor espiritual, la función del arte, el conocimiento racional como saber borroso (una niebla), la soledad, el paso del tiempo, los hijos y los padres, el humor y la tragedia, etc. El humor está presente todo el tiempo a través  del uso de la ironía y de la sátira y se presenta como una manera en que la vida es soportable, pues el individuo se ríe de si mismo y sobrelleva sus penas. 

Niebla nos dice que la vida no es más que eso, una niebla borrosa que nos envuelve a cada momento, de la que no podemos escapar y tampoco nos deja ver bien el camino hacia donde vamos. Esa extraña nebulosa de lo impredecible y lo desconocido que envuelve nuestra cotidianidad hace nuestra existencia insoportable ya que nos lleva a dudar de todo, hasta de quiénes somos y quiénes son los otros. La razón nos engaña y nos conduce a dicotomías sin sentido en el mejor de los casos, pues nos hace pensar que somos juguetes del destino trazado por un Dios, o bien somos materia pensante evolucionada y estamos, por ello, determinados por coordenadas biológico-naturales. Los sentimientos nos hacen cometer errores al hacer caso a los instintos irracionales. La tentación al suicidio nos persigue como solución al dolor que provocan la traición, la mentira, la inseguridad, la conciencia del final. Sólo la voluntad nos hace seres superiores, pero el no poder lograr nuestros propósitos nos hace sufrir. Entonces, solamente mirando profundamente hacia adentro de nosotros mismos podemos encontrar la verdad de nuestro ser y el sentido de nuestra vida, parece decirnos Unamuno. Pero él pensador advierte que eso casi siempre nos asusta, es una carga demasiado pesada, por ello creamos nuestro Dios personal, ese salvavidas existencial que nos libera de las dudas, las angustias y nos ayuda a sobrellevar la vida. Ese ser todopoderoso decidirá por nosotros, pues él todo lo sabe, o lo sabe mejor, él es el dueño de nuestro destino. En consecuencia, podemos vivir en paz y ser perdonados hasta de las más mezquinas miserias y salvados de la muerte eterna, lo cual nos conforta espiritualmente y nos da la luz que nos guía dentro de esa "niebla" persistente que trata de devorarnos. 
Obras

Miguel de Unamuno. 1912, Del sentido trágico de la vida.
Miguel de Unamuno. 1914, Niebla.

Friday, October 23, 2015

El muralismo mexicano

























Museo del Palacio de Bellas Artes
MURALISTAS
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Aunque la iniciativa de los artistas mexicanos por pintar sobre los muros de edificios públicos surgió desde 1910, el movimiento muralista arrancó en la década de 1920, legitimándose con la Revolución mexicana. El muralismo mexicano tuvo su periodo de producción más pro- lífico en el periodo comprendido entre 1921 a 1954. A pesar de ser un movimiento plástico con diferentes etapas, mantuvo como constante el interés de los artistas por plasmar la visión social que cada uno de ellos tenía sobre la identidad nacional.
La primera fase del muralismo en México se enmarca durante la presidencia del general Álvaro Obregón. Con la llegada de José Vasconcelos a la Secretaría de Educación Pública, se impulsó un nue- vo proyecto cultural y educativo. Al término de la lucha revolucionaria la iniciativa pudo llegar a buen puerto y abrir uno de los capítulos más im- portantes en la historia de la cultura mexicana, cuando Roberto Montenegro realizó el mural El árbol de la vida, en el ex Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, hoy Museo de la Luz. En esta primera etapa, se abordaron temas relacionados a la naturaleza, la ciencia y la metafísica.
En la segunda fase del movimiento, identificada entre 1934 y 1940, como consecuencia del contexto político nacional, el muralis-
mo entró en una etapa de reflexión. Los artistas sostuvieron intensas discusiones sobre los caminos que en ese momento debería tomar el muralismo; fue así que se fundó la Liga de Escritores y Artistas Revo- lucionarios y el Taller de la Gráfica Popular, ambos con la intención de mantener en el movimiento muralista, un arte comprometido con las masas obreras y campesinas.
La política interior asumida por el gobierno cardenista, así como la política externa con una clara oposición al fascismo, influyó en que los pintores jóvenes, que no participaron directamente en la Revolu- ción, se relacionaran con ella viéndola como el símbolo de un cambio internacional, por lo que entendieron el movimiento revolucionario no sólo como una lucha armada interna, sino como parte de una revolu- ción mundial. Razón por la cual, en esta etapa se adoptó un discurso nacionalista y revolucionario. El muralismo, escribió Carlos Monsiváis, ayudó a configurar la imagen de un país unificado y a difundir los idea- les del México postrevolucionario. Los muralistas pintaron en las pare- des de recintos emblemáticos como la Escuela Nacional Preparatoria (Antiguo Colegio de San Ildefonso), la Secretaría de Educación Pública y el Palacio Nacional.
A partir de este momento, la creación de murales en diferentes recintos públicos tuvo un importante impacto, tanto por la necesidad de hacer prevalecer los valores revolucionarios y postulados sociales, como por mantener una cierta unidad artística, lo que generó que el movimiento alcanzara su momento más alto. Aunado a esto, empre- sas de iniciativa privada como hoteles y bancos, comenzaron a encar- gar a diferentes artistas, producción de murales para sus edificios. De esta manera, hubo poco a poco una modificación en los contenidos de
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EL MURALISMO
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las obras, algunos artistas comenzaron a omitir aspectos de la lucha revolucionaria para abordar temas más generales; así se dio origen a la tercera y última fase del muralismo, en la que se ampliaron los horizon- tes de acuerdo a los intereses de cada artista, aunque sin duda, pre- valeció la intención de mostrar un compromiso social y político y una intención por exaltar el arte popular, el pasado indígena y lo mexicano.
La mayor parte de las obras que fueron creadas específicamente para los muros del Museo del Palacio de Bellas Artes forman parte de las dos últimas fases del movimiento, caracterizada por la consolidación del muralismo con un definitivo reconocimiento y amplio apoyo por par- te del gobierno. Se trata de los murales de Diego Rivera y José Clemen- te Orozco, realizados expresamente para la inauguración del recinto. La etapa que abarca de 1940 a 1954, se distinguió por una gran producción muralística, reflejó el cambio de rumbo que tomó el país con el auge in- dustrial y las aspiraciones de progreso y modernidad, tal como se puede apreciar en las obras de David Alfaro Siqueiros y Rufino Tamayo.
Los murales del Museo del Palacio de Bellas Artes reúnen los nombres de los más destacados pintores de este arte de carácter so- cial, pero también se suman Rufino Tamayo, Jorge González Camarena, Manuel Rodríguez Lozano y Roberto Montenegro, cuyas obras ofrecen una visión más completa del movimiento muralista mexicano.
Nacido en Guanajuato, ingresó a los diez años de edad a la Escuela Na- cional de Bellas Artes –antigua Academia de San Carlos–, donde recibió las enseñanzas de Santiago Rebull y Félix Parra. Viajó a Europa, becado por el gobierno porfirista. Formó parte del movimiento cubista, encabe- zado por Pablo Picasso, y se dejó influir por la pintura de Paul Cézanne, Amedeo Modigliani y los futuristas rusos. Hacia 1920 viajó por Italia, en compañía de David Alfaro Siqueiros, para observar de vivos ojos la técnica del fresco. Su regreso a México significó el descubrimiento del pasado prehispánico. Ingresó al Partido Comunista Mexicano, con el que mantuvo siempre una relación tormentosa. Prolífico, incansable, contro- vertido, su obra gráfica, de caballete y mural es una referencia obligada para comprender la fusión entre las vanguardias europeas de principios del siglo xx y la tradición popular mexicana.
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DIEGO RIVERA (1886-1957)
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Nacido en Jalisco, estudió Agronomía e ingresó en la Escuela Nacional de Bellas Artes (enba), donde fue alumno de Gerardo Murillo, el doctor Atl. Trabajó como ilustrador en periódicos revolucionarios, realizó mura- les para algunas escuelas y universidades estadounidenses, y en 1932 viajó por Europa. Entre 1936 y 1939 se consagró a la factura de las que muchos críticos juzgan sus mejores obras: los frescos de la Universidad de Guadalajara y las pinturas de la ex capilla del Hospicio Cabañas. Su postura artística denota una fuerte inclinación por el arte barroco, el ex- presionismo alemán y la obra del pintor francés Henri de Toulouse-Lau- trec. Sobre él, Octavio Paz escribió: “El hombre que aparece en su pin- tura es un victimario y también una víctima. De ambos modos provoca nuestra ira y nuestra piedad”.
JOSÉ CLEMENTE OROZCO (1883-1949)
Originario de Ciudad Camargo, Chihuahua, estudió en la Escuela Nacio- nal de Bellas Artes y a los dieciséis años se enlistó para luchar en la Revolución, a las órdenes del general Diéguez. Por su actividad política y sindical estuvo preso en varias ocasiones (incluso planeó el atentado fallidocontraTrotskyen1940).ViajóporLatinoaméricayEstadosUnidos, en donde estableció un taller experimental al que Jackson Pollock asis- tió como alumno. Siqueiros pensaba que si la pintura estaba destinada a generar el cambio, entonces debía hablar el lenguaje de su tiempo. Por ello, utilizó técnicas modernas y materiales industriales –la piroxilina, las lacas automotrices y la fotografía– como apoyos en la construcción compositiva.
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DAVID ALFARO SIQUEIROS (1896-1974)
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Originario de Oaxaca, ingresó a laenba a los 18 años. Fue jefe del depar- tamento de Dibujo Etnográfico del Museo Nacional de Arqueología, en donde cultivó su interés por el arte precolombino. Durante algunos años residió en Nueva York, y a su regreso a México fue nombrado director del Departamento de Artes Plásticas de la Secretaría de Educación Pública. Realizó los dos murales para el Palacio de Bellas Artes (1952-1953) a su regreso de Estados Unidos y Europa. En contraste con el realismo social de otros muralistas, la obra de Tamayo se constituye como un leguaje poético logrado a través de ritmos y destellos de color. Para él, la pintura debía buscar expresar la complejidad de la raza mexicana, no a través de apariencias y narraciones nacionalistas sino indagando en la esencia de las formas, colores y proporciones.
RUFINO TAMAYO (1899-1991)
Su orientación autodidacta lo llevó a viajar por Europa entre 1914 y 1921, donde entró en contacto con los movimientos de vanguardia de tenden- cia neoclásica. Fue profesor de dibujo y jefe de la Dirección de Dibujo en la Secretaría de Educación Pública. Durante su gestión como director de la Escuela Nacional de Artes Plásticas fue acusado injustamente por el robo de cuatro grabados de Guido Reni y Alberto Durero de la Biblioteca de la antigua Academia de San Carlos, y encarcelado por cuatro meses en la entonces penitenciaría del Distrito Federal. Es autor del libro Pen- samiento y cultura, publicado en 1960.
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MANUELRODRÍGUEZLOZANO(1896-1971)
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Originario de Jalisco, estudió en la enba. A partir de 1904 pasó largas temporadas en Europa, donde tomó contacto con distintas corrientes de vanguardia como el art nouveau y el art déco. Tras su regreso definitivo a México, en 1921, José Vasconcelos le encargó la factura de diversos murales en la Secretaría de Educación Pública, la Escuela Benito Juárez, la Librería Iberoamericana y la Escuela Nacional de Maestros. Fue un promotor incansable del arte popular.
ROBERTO MONTENEGRO (1887-1968)

Ingresó a la enba a los catorce años y pronto se convirtió en ayudante del Dr. Atl. Formó parte del movimiento estudiantil que en 1929 impulsó la llegada de Rivera a la dirección de la enba, así como del consejo que formuló un plan de estudios más avanzado. Preparaba sus pinturas con pigmentos naturales, inspirado en la técnica de los antiguos tlacuilos
–artífices de los códices mexicas–, y creó una técnica para organizar y dividir geométricamente el espacio pictórico. Formó parte de la llamada “segunda generación de muralistas mexicanos”. Hay que destacar sus
trabajos para el Castillo de Chapultepec, el Instituto Politécnico Nacional, el edificio del Seguro Social y el Museo de Antropología e Historia. Con- viene matizar, asimismo, su interés por desentrañar los misterios de la teoría plástica.
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JORGEGONZÁLEZCAMARENA(1908-1980) 

Tuesday, September 1, 2015

Inglés, español, o “spanglish” en los Estados Unidos: un largo debate para el siglo XXI



Yanira B. Paz 
University of Kentucky 

Estudios de Lingüística Aplicada, núm. 41, 2005 



The confirmation by US Census reports that the Hispanic population in the United States has become that country’s largest minority will have important implications in the political, cultural, social, and educational discussions of the 21st century. One of the most important aspects of this discussion, on both sides of the border, involves the language that this largest minority will use, be that English, Spanish or Spanglish. Teachers, writers, intellectuals –hispanic or anglo— understand the urgency to reinvigorate this debate, since one vital aspect in the process of defining identity for this powerful minority is language. This article will critically analyze a variety of positions involved in this controversial debate, reaching beyond the polarizing arguments for purity of language, whether Spanish or “English only”, and will conclude with some possible scenarios for the new millennium. 


La confirmación de que la población hispana se ha convertido en la nueva primera minoría en los Estados Unidos y que esta circunstancia impondrá una agenda política, cultural, social y educativa inaplazable, aunada a la discusión dentro y fuera de este país sobre el papel que el español debe desempeñar en el nuevo siglo, nos indican a nosotros, maestros, escritores, intelectuales, hispanos y anglos, que hay que reavivar acuciosamente el debate sobre la(s) lengua(s) que serán habladas por esa primera mino- ría y que perfilarán los rasgos de esa “hispanidad”, más allá de las posiciones de prin- cipios sobre la defensa a ultranza de la lengua o del “English only”. Este trabajo se propone revisar el estado de la discusión de tan controversial debate y columbrar algunos escenarios posibles. 




1. Las estadísticas no mienten
El resultado de las cifras del censo de población del año 20001 en los Estados Unidos confirma lo que muchos observadores habían adelantado: la población hispana en ese país ha crecido hasta constituirse en la nueva primera minoría. De tal manera que de los 281.4 millones de residentes en esa nación, 35.3 millones son de origen hispano; es decir, 12.5% de la población total. Según estas mismas cifras, la población hispana de origen mexicano constituye 7.3%, la de origen puertorriqueño 1.2%, la cubana 0.4%, y la de otros orígenes conforma 3.6% de esta población. El análisis del United Census 2000 es claro al afirmar que la población hispana aumentó 57.9% desde el censo de 1990. Esta misma fuente indica que esta nueva primera minoría se concentra mayormente en los estados de California y Texas. En el primero, la población hispana constituye 31.1% de la población (11 millones de habitantes) y en el segundo 18.9% (6.7 millones de habitantes). Todos los estados de la Unión vieron incrementada en diferente pro- porción su población de hispanos. Otro elemento que no puede dejarse de lado es que el 35% de esta población es menor de 18 años.
Estos datos confirman que la emergencia de esta nueva primera minoría impone una agenda política, cultural, social y educativa inaplazable. Para nosotros, estudiosos de la cultura y de la lengua, una de las preguntas más acuciantes es: ¿cuál será la lengua o lenguas utilizadas por este grupo para la comunicación diaria?, ¿cuál será la lengua o lenguas de la educación, los negocios, el culto, la salud, la literatura, etcétera?

2. “English only”, defensa del español, spanglish: el estado actual del debate
En la discusión sobre el futuro de la población de origen hispano en Estados Unidos uno de los puntos más controversiales es: cuáles serán los rasgos definitorios de su identidad, de su “condición hispana” tal y como lo planteara el escritor de origen mexicano Ilán Stavans en una de sus obras (2001a). Uno de los elementos en el proceso de construcción de esa condición es el mantenimiento de la cultura y, por ende, de la lengua originales. Si bien la población hispana en los Estados Unidos
1 Todas las cifras poblacionales citadas en este trabajo corresponden a U.S. Department of Commerce. Economics and Statistics Administration, United Census 2000.
es en su mayoría de procedencia mexicana, en general ha sido plural en su composición: puertorriqueños, dominicanos, cubanos y centroamericanos arrojados a este territorio por muchas razones, pero fundamentalmente por la ventolera polí- tica de nuestros países, por los atractivos económicos y por eso que puede resumirse en dos frases reveladoras: “the pursuit of happiness” y “the American dream”. Muchos han visto la presencia del español en los Estados Unidos como una nueva realidad. Nada más falso, ya que el español nunca ha sido una lengua extranjera en ese territorio, nunca ha debido calificarse como tal. Fue hablada en muchas regiones del sur del país mucho antes de que los peregrinos del Mayflower llega- ran a Plymouth. Fue, sí, una lengua marginada, acicate de una población que, como la mexicana, después del Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848) quedó “en el limbo”, en una situación liminar: sin poder retornar a sus antiguas heredades donde serían considerados como anglicanizados y sin poder compartir entera- mente eso que consagraba el tratado de “paz y amistad” de 1848:
the Mexicans [...] shall be incorporated into the Union of the United States [...] to the enjoyment of all the rights of citizens of the United States, according to the principles of the Constitution; and in the mean time, shall be maintained and protected in the free enjoyment of their liberty, and secured in the free exercise of their religion without restriction.2
De un plumazo, las fronteras se corrieron más abajo y la población de entonces tuvo que elegir entre dejar lo que le pertenecía y mudarse a México, o quedarse en un nuevo país y adoptar una cultura, una lengua y una religión diferentes. Suponemos que en este momento el español se hizo “extranjero” con relación a la lengua mayoritaria del nuevo país. Si bien el tratado apunta claramente al libre ejercicio de la religión y al usufructo de las propiedades, no dice nada de manera específica con respecto a la lengua. Sin embargo, en la práctica el uso del inglés y el español para esta población se constituyó en lo que Ferguson (1977) denomina diglosia: el español como lengua confinada al círculo familiar y religioso, al orden de lo privado; y el inglés para la esfera de lo público. Con relación al mantenimiento de la lengua nativa, numerosos autores, entre ellos Silva-Corvalán, han descrito cuál es la tendencia: “Los hijos de inmigrantes de la primera generación pueden adquirir el español en casa, pero la gran mayoría se hace gradual-
2 Treaty of Guadalupe Hidalgo, 1848.
mente dominante en inglés al pasar bien por un programa bilingüe de transición o por un programa de inmersión en inglés” (2001:3). En otras palabras, la primera generación tiende a ser monolingüe en español; la segunda, bilingüe; y la tercera monolingüe en inglés. Por eso, nada más carente de sentido que el celo que moti- vó a quienes impulsaron la Proposición 227 y que se ha convertido en su bandera. En esta propuesta se enfatiza que
[...] the English language is the national language of the United States of America and of the State of California [...] and is also the leading world language of science, technology, and international business, thereby being the language of economic opportunity [...] Therefore, it is resolved that: all children in California public schools shall be taught English as rapidly and effectively as possible.3
Con esta propuesta, en la que queda encarnada la tesis de “English only”, se echan por tierra casi 40 años de educación bilingüe en los Estados Unidos. Por consiguiente, en California, el estado con más población hispana, a esa nueva primera minoría se le niega la posibilidad de una educación en su lengua nativa. Esta tesis que concibe a los Estados Unidos como una sociedad “monolingüe” colide frontalmente con la tesis de la globalización económica: diversifiquemos los mercados, pero mantengamos una misma lengua. Quizás muchos en los Estados Unidos han creído que no hay necesidad de aprender otras lenguas porque ese mercado globalizador está aprendiendo o hablando alguna forma de inglés. La campaña bélica en Afganistán e Irak puso en penosa evidencia la necesidad de hablantes de árabe y originó un aumento interesante en los cursos de cultura y lengua árabe en muchas universidades y organizaciones en los Estados Unidos.
De manera contraria, la Comunidad Europea, a pesar de reconocer al inglés como lingua franca para la comunidad, en su Marco Común Europeo de Referencia para las Lenguas ha sentado las bases comunes para una Europa pluricultural y plurilingüe. Sería importante referirse a cuatro de las premisas básicas del men- cionado marco de referencia: 1) El aprendizaje de la lengua es para todos. 2) El objetivo es el plurilingüismo y el pluriculturalismo. 3) Mediante procesos de lengua de carácter democrático hay que formar a la gente joven para que sea social- mente responsable. 4) El aprendizaje de la lengua es un proceso que se desarrolla
3 California Secretary of State. Primary 98. Text of Proposition 227. Las cursivas son mías.
a lo largo de la vida (García Santa-Cecilia, 2002:38). De estas declaraciones se pueden derivar algunas cosas prácticas: a) no se diferencia entre lengua nativa y extranjera, sino que se habla del aprendizaje de ambas como un proceso integral si es conducente a una sociedad plurilingüe; b) que este proceso lleva a la forma- ción de gente joven responsable socialmente, debido al conocimiento de realidades culturales y sociales múltiples, y c) que éste es un proceso que necesariamente comienza en la niñez y que se prolonga a través de la vida de los individuos.
Los proponentes del “English only” obvian lo que tradicionalmente ha sido el proceso de formación cultural en los Estados Unidos, país constituido en su mayoría por constantes y diversas olas inmigratorias. Pareciera oponerse a lo que es la tendencia generalizada en Europa y en Latinoamérica hacia la aceptación de una sociedad más diversa, y en esta diversidad la lengua es un factor fundamental. Además, niega a esta emergente nueva primera minoría la posibilidad de que el español sea parte constitutiva de la formación escolar de una población de más de 35% de niños y jóvenes que requieren el uso también de su lengua nativa como lengua de instrucción. De no hacerlo, podría repetirse la historia narrada por Stavans en su libro La condición hispánica (2001) sobre el pintor mexicano Martín Ramírez, radicado en California, quien incapacitado de aprender inglés e inhabilitado de hablar en su propia lengua, perdió el habla y vagó por las calles de Los Ángeles hasta llegar a ser recluido como “esquizofrénico-paranoide deteriorado” en un manicomio de la ciudad. Es decir, se corre el riesgo de producir —metafóricamente hablando— generaciones de afásicos, imposibilitados de adquirir una competencia lingüística plena en cualquiera de las dos lenguas.
Del otro lado del espectro se colocan los defensores a ultranza de la lengua española. Pero, ¿por qué defenderla? Podríamos citar el párrafo introductorio de Cela en el Segundo Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Valladolid, en 2001, quien declaraba:
[...] pruebo a dar aviso de la defensa del español, la lengua en que a Cervantes, al decir de Unamuno, Dios le dio el Evangelio del Quijote: la lengua en la que tenemos nuestra histórica e inmediata circunstancia y la fortuna de saberla digna y suficiente, firme y saludable, lozana y adecuada a los usos, afanes y necesidades que nos animan a seguir viviendo en ella (Cela, 2001:1).
Defenderla porque la lengua, como lo afirma Cela, es parte consustancial de nuestra cultura, de nuestra historia. Es la lengua coloquial y literaria de más de 322 millones de personas en 23 naciones a ambos lados del Atlántico y porque goza de salud y lozanía. Lamo de Espinoza (2002) en “El mercado de las lenguas...” la coloca como segunda después del chino mandarín por el número de hablantes y quizás tercera después del inglés por la cantidad de países que la han adoptado como lingua franca.
La otra pregunta sería: ¿defenderla de quién? Uno, de sus “enemigos internos”, quienes estarían representados por esa “avenida de neologismos” que avizoró Bello (1984:33), y que representan la posibilidad de fragmentación que lo llevó a postular su gramática para el uso de los hablantes de América. En otras palabras, la lección que aprendieron los intelectuales de la fragmentación del latín en los antiguos dominios del imperio romano. Si la unidad lingüística no se fomenta, podría resultar lo mismo en los antiguos dominios del imperio español, a pesar de que se ha insistido hasta la saciedad que hay dos principios que pueden coincidir dialécticamente dentro de la lengua: unidad en la diversidad y diversidad en la unidad. Reconocer el vario espectro de las diferencias dialectales, pero darnos cuenta que a pesar de todo podemos comunicarnos; que el diario digital de Madrid puede ser leído por sus lectores en Bogotá, en Caracas o en Buenos Aires, y viceversa. El último Congreso Internacional de la Lengua al cual hice referencia se abocó en su integridad a estos dos aspectos: el de la unidad y el de la diversidad. A recordarnos que no hay un español, sino muchos, y que en esto radica la vitalidad y lozanía a las cuales aludía Cela. El otro “enemigo interno” podría estar representado por la aparición de esas formas sin domeñar como el “spanglish”, que será tema de un análisis posterior.
Entre los “enemigos externos”, obviamente, habría que contar el avance incontenible del inglés en todos los ámbitos de la vida contemporánea en los países hispanohablantes. Parafraseando a Nebrija, el inglés ha sido el compañero de la globalización. La posición de las academias y de las organizaciones encargadas de velar por la salud de sus respectivas lenguas ha sido la de montar su defensa, pero se ha quedado solamente en una declaración de principios. Con relación a la influencia incontenible del inglés, Odón Betanzos Palacios (2001), presidente de la Academia Norteamericana de la Lengua, declaró lo siguiente:
La influencia del inglés estadounidense es de tal magnitud y tiene tal fuerza arrolladora que va, precipitadamente, alcanzando a nuestros profesionales que a su vez recalan en los medios de comunicación y éstos en el pueblo. La jerga de las computadoras invade el terreno completo de la comunicación
[...] y va configurando y determinando en el español, su impronta y necesidad. Las grandes multinacionales [...] no son la excepción, al perder el respeto a las naciones con las que comercian, ni se molestan en buscarle la traducción a sus comunicaciones así que [...] usan léxico, giros y modismos en su inglés estadounidense, formas con las que, en forma de pulpos, tienen difusión inmediata, quiere esto decir deformación inmediata en la lengua en que comercian. Pienso [...] que existe un plan concreto y definido en esta postura de los cruzados de la globalización (2001:5).
El mismo problema es percibido por Álex Grijelmo (2001), redactor jefe del diario español El País y responsable de su manual de estilo, quien resalta que los anglicismos comenzaron a considerarse en español solamente a partir del siglo XX y que éstos eran provenientes del inglés británico a través del francés. Es decir, no pasaban por el contacto popular y eran uso casi exclusivo de ciertos grupos. Finalizado el siglo, la realidad es otra y Grijelmo expresa alarmado que “en apenas medio siglo el inglés ha colocado en nuestras bocas tantas palabras como el árabe en ocho centurias” (2001:131), y añade: “el inglés, por algún salvoconducto especial, ha colocado en el vocabulario del hispanohablante palabras de grafía extraña, inadaptadas a su nuevo entorno, impronunciables en la fonética y la prosodia del español. Ha dispuesto [...] de un privilegio que ninguna otra lengua tuvo en su poder” (2001:131). Sin embargo, concede Grijelmo que:
No podemos tratar tampoco a la lengua inglesa como invasora [...] Se trata de algo mucho más patético: determinados hablantes del español desean ser invadidos porque anida en ellos el desprecio inconsciente hacia su propia cultura [...] a la que consideran inferior y, por tanto, con la obligación de rendirse ante el resto del mundo. Y el resto del mundo es para ellos Norteamérica (2001:135).
En nuestra disyuntiva sobre ¿español o inglés?, cabría preguntarse: ¿cuál es la verdadera lengua materna del latino? Para Stavans “ambas lo son, además de una tercera opción: el spanglish, un híbrido” (2001a:167). Este escritor va mucho más allá llegando a considerar en su último libro al spanglish como “a new American language” (2003). Estas provocadoras aserciones de Stavans hacen enrojecer de cólera a más de uno en ambos lados de la disputa. Cuando a Octavio Paz se le preguntó su opinión sobre el spanglish, éste declaró que “no era ni bueno ni malo, sino abominable” (en Stavans, 2003:4). De igual forma, Betanzos Palacios afirma que
coinciden los nuevos adelantados protectores del espanglish, en su divulgación y defensa, en un exceso de precipitación, falta de reflexión y ligereza en las conclusiones al pensar que han logrado un descubrimiento importante, sin observar que el espanglish es sólo, medio de comunicación temporal [...] pasajero y todo vendrá a su cauce normal cuando nuevas generaciones de hispanohablantes en Estados Unidos reconozcan y aprecien la bendición del bilingüismo, al saber y comprobar que un bilingüe vale por dos (2001:1-2).
Arremete Betanzos contra los defensores del spanglish exigiendo: “¿cómo se me- dirán en su gran desacierto los defensores del espangish con las obras cumbres de creación literaria en lengua española?” (2). Como respuesta a estas posturas, Stavans incluye en su nuevo libro la traducción al spanglish del primer capítulo de la primera parte del Quijote. También incluye porciones de otros textos emblemáticos como la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y un pequeño diccionario spanglish-inglés. Numerosos escritores “latinos” en los Estados Unidos han asumido, aunque de una manera parcial, esta lengua “híbrida” como lengua literaria. Uno, entre muchos ejemplos, puede encontrarse en Se habla español. Voces latinas en USA (2000) de Edmundo Paz Soldán y Alberto Fuguet.
3. Algunas recomendaciones a modo de conclusión
Si coincidimos con Stavans en que “el español sobrevivirá como idioma [en los Estados Unidos, pero] no lo hará ni puede hacerlo en su forma más pura, ortodoxa y castiza” (2001a:177), entonces ¿qué estrategias habría que plantearse para asegurar esta supervivencia?
1. Primeramente, debe desarrollarse una coherente y consistente política de planificación lingüística que asegure la supervivencia no sólo del español sino de muchas otras lenguas de inmigrantes, así como nati- vas. En relación con la población hispana, como lo indica Garrido Medina (2001:2): “el objetivo central [...] es que ser hispano suponga cada vez más ser hispanohablante, y que asimismo el español se difunda como segunda lengua entre otros grupos culturales y políticos en los Estados Unidos de manera generalizada”.
  1. También sería conveniente considerar en los futuros proyectos de planificación lingüística algunas de las premisas esbozadas en el Marco de Referencia para la Enseñanza de las Lenguas en Europa, tales como aquellas que proponen que el aprendizaje de la lengua es para todos, no sólo como objetivo curricular sino porque la meta a alcanzar a largo plazo es el de una sociedad plurilingüe y pluricultural. Este proceso de enseñanza de la lengua debería incentivar en los jóvenes a una autorreflexión sobre su propia cultura y la cultura del “otro”, tratando de desarrollar un verdadero sentido de responsabilidad social como ciudadanos del mundo y no sólo del imperio. El proceso de aprendizaje de la lengua es un hecho que se desarrolla a lo largo de la vida y debe ser fomentado desde una edad temprana. Si bien es cierto que el sistema educativo ha invertido dinero y talento en incentivar el aprendizaje de las lenguas del mundo,4 todavía la percepción de muchos estudiantes es que son un requisito curricular, y no las valoran como un componente primordial en la formación de individuos de cara al mundo.
  2. Nada de lo anterior se puede alcanzar si no se asegura una presencia mayor de hispanohablantes en los centros de poder político. Esta nueva primera mayoría tiene que crear una conciencia de su valor político y debe hacer valer ese peso. En tal sentido, deben asumir un papel de agentes políticos y exigir que sus representantes sean bilingües.
  3. Los medios de comunicación, cuya influencia en la población hispana es de una importancia cada vez mayor, deben replantearse su programación. La inversión y la oferta de programas educativos y culturales serios deben ser aun mayores. Hasta ahora sólo han servido de vehículo para bombardear con anuncios comerciales a la población de origen hispano. También debe haber una profunda reflexión entre los medios, en especial en la televisión y la radio, sobre el lenguaje que se utiliza en éstos. Como lo indica Stavans: “los que trabajan en medios de comunicación de habla hispana, aunque están conscientes de su papel social y educativo, no hablan un idioma que no esté afectado; son par-
    te de la enfermedad que quieren curar” (2001a:179).
Prueba de esto es que los estudios sobre la adquisición de una segunda lengua se han convertido, gracias a la dedicación de maestros e investigadores estadounidenses (entre otros), en un área de investigación específica.

  1. Es de primordial importancia la formación de maestros totalmente bilingües, que puedan asegurar la continuidad del español como lengua de la escuela. También se hace urgente la preparación de promotores culturales, trabajadores sociales, médicos y enfermeras, abogados, sacerdotes, ministros y pastores bilingües que permitan el intercambio
    en español en el barrio, en las diferentes comunidades.
  2. También es crucial que los intelectuales y, en especial, los escritores de origen hispano, asuman el español, en cualquiera de sus variantes, como lengua para la creación literaria. Entiendo que estos escritores están enfrentados a un dilema casi patético: escribir en español, en spanglish o en inglés. El mercado ha determinado la opción por el último. Como intelectual latinoamericana trabajando en una universidad estadounidense, escribiendo sobre literatura y lingüística del y en español, he observado incrédula que mis posibilidades de publicación son menores por ese solo hecho. En otras palabras, que para hablar de nuestras realidades tenemos que autotraducirnos. Como Calibán, tenemos que hablar la lengua de Próspero.
Quiero concluir este ensayo con una cita de Octavio Paz (1999:4):

La palabra es nuestra morada, en ella nacimos y en ella moriremos; ella nos reúne y nos da conciencia de lo que somos y de nuestra historia; acorta las distancias que nos separan y atenúa las diferencias que nos oponen. Nos junta pero no nos aísla, sus muros son transparentes y a través de esas paredes diáfanas vemos al mundo y conocemos a los hombres que hablan en otras lenguas.



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